Caminos Condenados: A Review by Lina B. Pinto Garcia

caminos-condenados-2_p-23Violencias Más Allá de la Guerra: Una Reseña de la Novela Gráfica Caminos Condenados

RESEÑA escrita por Lina B. Pinto García

“Los dibujos se presentan como fragmentos que sugieren un mundo más allá, un mundo que no tiene que ser registrado de manera explícita y es, de hecho, tanto más ‘completo’ ya que no se puede completar”
Michael Taussig, I Swear I Saw This (2011: 13)

La palma aceitera invade los sentidos de los habitantes de Montes de María en el Caribe colombiano: se oye su golpeteo persistente sobre las tejas de las casas, su follaje hace monótono cada rincón del paisaje, su vocablo penetra las conversaciones cotidianas, y su presencia coarta los desplazamientos habituales. Así lo vive Lucía, uno de los personajes ficticios de Caminos Condenados, la novela gráfica basada en la investigación etnográfica de Diana Ojeda, recreada por el guionista Pablo Guerra, e ilustrada por Camilo Aguirre y Henry Díaz. Esa experiencia es transmitida al lector quien, a medida que se sumerge en el relato, llega a sentir ese asedio y bloqueo al que los monocultivos de palma y de teca han condenado los caminos vitales —físicos y simbólicos— por los que solían circular los montemarianos.

El libro es el primer producto de una serie proyectada de historietas que reúne la inusual colaboración entre académicos y autores de la narrativa gráfica. Es también el primer experimento colombiano donde la investigación social y el cómic se alían para expandir los medios narrativos que dan cuenta de los legados del conflicto armado y, en palabras de los autores, de “las contradicciones del postconflicto en Colombia” (82). En un momento en el que el país está tratando de dar fin a una confrontación armada de más de cincuenta años, Caminos Condenados resalta la urgente necesidad de ir más allá de la deposición de las armas. El libro nos invita a centrarnos en el entendimiento y la superación de otras violencias —estructurales, simbólicas y cotidianas— que la guerra y las inequidades sociales trajeron consigo, dejándolas profundamente arraigadas no solo en nuestra cultura, sino en los espacios y las materialidades que habitamos. Si bien el embate violento de la guerra pareciera haber terminado o por lo menos apaciguado en Montes de María, esta historieta nos cuenta que el territorio guarda, como un testigo vivo y elocuente, las huellas de esa violencia y de los intereses económicos con los cuales se reconfiguró históricamente y se sigue reconfigurando día a día.

En la portada se observa, sobre un fondo amarillo fluorescente, la ilustración de un cultivo de teca detrás de una cerca infranqueable hecha de postes y alambre de púas. Enmarcando esta imagen, en un primer plano, aparece una fronda de palma aceitera cuyo verde encendido cubre también la contraportada del libro y sus solapas. Un mapa de Montes de María, pintado con acuarelas verde-azules y señalando los quince poblados que componen esta región, adorna la parte interna del libro. La historieta, por su parte, toda en blanco y negro, se divide en tres secciones: la primera y la tercera, con un estilo más clásico y realista, fueron ilustradas por Camilo Aguirre; la segunda sección, con dibujos menos saturados y trazos más precisos, fue ilustrada por Henry Díaz. Aunque estos dos artistas tienen estilos sumamente disímiles, la confluencia de ambos en un solo libro enriquece la historieta, ofreciendo no solo dos perspectivas y recreaciones del mundo montemariano, sino también dos apuestas estéticas y comunicacionales vigorosas.

Cada sección de Caminos Condenados muestra los espacios que la violencia guerrillera, el terror paramilitar, el despojo y la posterior entrada de los agronegocios han vuelto intransitables. “Nos están encerrando en nuestra propia casa” (16), dice uno de los personajes refiriéndose a la llegada de los empresarios y a la forma desenfrenada con la que éstos han adquirido y legalizado títulos mal habidos, construido cercas, sembrado plantas, contaminado pozos y alejado a los campesinos de sus fuentes de agua y alimento. Profundizando en el carácter espacial de la violencia, Caminos Condenados también nos habla de una violencia mucho más íntima y ordinaria, y por lo tanto menos visible: aquella que practican los hombres sobre las mujeres para tratar de confinarlas a sus espacios domésticos y a sus roles estereotípicos, coartándoles así su agencia, autonomía y participación para provocar transformaciones dentro de sus propias comunidades. “Nosotras también necesitamos nuestro espacio” (31), le dice Lucía a la etnógrafa para recordarle que no solo la palma o la teca, sino también el machismo, acorrala, estrecha y limita las posibilidades de vida y de cambio.

A lo largo de todo el libro, y este a mi modo de ver es uno de sus alcances más poderosos, la narrativa secuencial de Caminos Condenados permite que el lector se relacione con la investigación etnográfica y sus modos particulares de atención. Cada una de sus tres partes hace visible diferentes estrategias a través de las cuales los y las investigadores sociales construyen explicaciones interpretativas sobre la realidad: observan y comparten las prácticas cotidianas de sus informantes, los escuchan atentamente, les hacen preguntas, establecen relaciones entre formas de nombrar las cosas, facilitan grupos focales, capturan imágenes con una cámara, dibujan y toman notas de campo. Esta descripción gráfica y en segundo plano del trabajo etnográfico no solo le reitera al lector que la historia, si bien ficticia, se basa en la realidad de unas personas y un lugar concretos, sino que además proviene de un esfuerzo investigativo que ocurre de manera paralela y sinérgica con la creación del relato mismo. De esta manera el cómic permite al lector acercarse a la investigación social, así como al tipo de análisis crítico-propositivo —en este caso sobre la paz y el postconflicto— que ésta puede aportar.

Por supuesto, Caminos Condenados es en sí mismo una reflexión sobre la imagen y el rol que los dibujos, las fotos y los mapas juegan en la práctica investigativa. En el caso de un libro adaptado al cine, por ejemplo, los lectores suelen decepcionarse con el resultado pues la imagen tiende a fijar hechos, personajes y escenarios a los que la imaginación les había conferido ontologías más amplias. Sin embargo, haciendo eco de trabajos como el de Michael Taussig (2011) o el cómic académico de Nick Sousanis (2015), Caminos Condenados logra hacer de la imagen un vehículo para que el lector se sienta un poco más ahí, visitando los mismos lugares y escuchando los mismos relatos que el investigador tuvo el privilegio de ver y oír. Por lo tanto, el cómic termina siendo un medio mucho más abierto a múltiples interpretaciones que el texto, brindándole al lector la posibilidad de resonar con el libro y las realidades que éste describe de una manera diferente a como lo haría con un producto meramente textual. En un par de artículos[1] que salieron inmediatamente después del lanzamiento de Caminos Condenados se nos cuenta que el guionista y los ilustradores también visitaron la región de Montes de María para crear y ajustar viñetas, conocer personalmente a líderes de la zona, y para presentar el boceto general del libro a los montemarianos. Habría sido sumamente valioso e interesante si en el epílogo —las únicas tres páginas del libro en forma de texto y no de historieta— se nos hubiese contado más sobre esa experiencia y la influencia que ésta tuvo en el producto final.  

En su última parte, el cómic retrata el desarrollo de un taller de cartografía social donde el investigador pide a líderes comunitarios que dibujen un mapa del futuro. Sobre una mesa extiende un pliego de papel, pone a disposición marcadores y crayolas, designa a una cámara la tarea de registrar la actividad, y pide a los participantes que imaginen “cómo les gustaría que fuera la región de aquí a unos años” (55). Pero cada anhelo sobre el futuro que va quedando plasmado en forma de imagen termina siendo una añoranza del pasado anterior al despojo de las tierras. Entonces, pasado y futuro colapsan en el presente: los trazos de la historieta se tornan menos definidos y los diálogos más escasos a medida que imaginar el futuro termina siendo un ejercicio de memoria donde recordar no solo se hace doloroso, sino muchas veces innombrable. Pero finalmente las palabras y los trazos retoman fluidez cuando la esperanza y la imaginación logran hacerse un espacio en el mapa, cuando se piensa en lo que alguna vez fue y en lo que nunca ha sido pero podría ser: un puesto de salud, una red eléctrica, una universidad comunitaria, un centro de acopio, unas semillas nativas. Todos estos anhelos y expectativas dependen de reabrir los caminos que la violencia en tiempos de guerra y de paz han condenado: aquellos que posibiliten a las comunidades rurales tomar autónomamente decisiones sobre lo que ocurre con sus propios territorios y sobre las vidas que de ellos dependen.caminos-condenados-1_p-11

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Violences Beyond War: A Review on the Graphic Novel Caminos Condenados

BOOK REVIEW by Lina B. Pinto García

“The drawings come across as fragments that are suggestive of a world beyond, a world that does not have to be explicitly recorded and is in fact all the more ‘complete’ because it cannot be completed”
Michael Taussig, I Swear I Saw This (2011: 13)

Oil palms invade the senses of Montes de Maria inhabitants in the Colombian Caribbean: one can hear their persistent drumming on the roofs, their foliage makes monotonous every corner of the landscape, their utterance penetrates everyday conversations, and their presence hinders regular journeys. That is how Lucia experiences it, one of the fictional characters of Caminos Condenados [condemned paths], the graphic novel based on the ethnographic research of Diana Ojeda, recreated by scriptwriter Pablo Guerra, and illustrated by Camilo Aguirre and Henry Diaz. That experience is also transmitted to the reader who, as s/he becomes immersed in the story, feels the siege and blockade to which the oil palm and teak monocultures have condemned the vital paths–physical and symbolic–that montemarianos [Montes de Maria inhabitants] used to circulate through.

The book is the first product of a forthcoming comic series that brings together an unusual collaboration between academics and authors of graphic narratives. It is also the first Colombian experiment where social research and comics join forces to expand the narrative strategies to account for the legacies of the armed conflict and, in the words of the authors, “the contradictions of the post-conflict in Colombia” (82). At a time when the country is trying to end an over-fifty-year-long armed confrontation, Caminos Condenados highlights the urgent need to go beyond laying down the arms. The book invites us to focus on understanding and overcoming other violences–structural, symbolic and ordinary–that war and social inequalities have brought, leaving them deeply rooted not only in our culture, but in the spaces and materialities we inhabit. While the violent onslaught of war seems to have ended or at least to have appeased in Montes de Maria, this story tells us that the territory, as a living and eloquent witness, keeps traces of such violence and the economic interests with which it was historically reconfigured and continues being reconfigured day by day.

The book cover shows, on a fluorescent yellow background, an illustration of teak crops behind an unbridgeable fence made of poles and barbed wire. Framing the image, in the foreground, are oil palm leaves whose bright green also covers the book’s back cover and its lapels. A map of Montes de Maria, painted with blue-green watercolors and featuring the fifteen villages that make up this region, adorns the inside of the book. The comic, all black and white, is divided into three sections: the first and third, with a more classic and realistic style, were illustrated by Camilo Aguirre; the second section, with less saturated drawings and more precise lines, was illustrated by Henry Diaz. Although these two artists have very dissimilar styles, the confluence of both in a single book enriches the final product, offering not only two perspectives and re-creations of the montemariano world, but also two vigorous aesthetic and communicational proposals.

Each section of Caminos Condenados shows the spaces that guerrilla violence, paramilitary terror, land dispossession, and the subsequent entry of agribusinesses have made impassable. “We are being locked in our own home” (16), says one of the characters referring to the arrival of entrepreneurs and the unbridled way in which they have acquired and legalized misappropriated titles, built fences, planted crops, polluted wells and forced farmers away from their sources of food and water. Delving into the spatial character of violence, Caminos Condenados also speaks of a much more intimate and ordinary–and thus less visible–violence: that practiced by men on women to try to confine them into their domestic spaces and stereotypical roles, restricting their agency, autonomy and participation to bring about changes within their own communities. “We also need our space” (31), tells Lucia to the ethnographer reminding her that not only palm or teak crops but also machismo corners, narrows and limits the possibilities of life and change.

Throughout the entire book, and this, in my view, is one of its most powerful achievements, the sequential narrative of Caminos Condenados allows the reader to relate to ethnographic research and its particular modes of attention. Each of its three parts makes visible different strategies through which social researchers construct interpretive explanations of reality: they observe and share the daily practices of their informants, listen carefully to them, ask them questions, establish relationships among forms of naming things, facilitate focus groups, take pictures with a camera, draw and take fieldnotes. This graphic and subsidiary description of ethnographic work does not only reiterate the reader that the story, although fictional, is based on the reality of a concrete place and actual people, but also that it comes from a research effort that occurs in parallel and synergistically with the creation of the story itself. Thus, the comic allows the reader to approach social research, as well as the type of critical-constructive analysis–in this case on peace and Colombia’s post-conflict–it can contribute to.

Of course, Caminos Condenados is in itself a reflection about the image and the role that drawings, photos and maps play in research practice. In the case of a book adapted to film, for example, readers are often disappointed with the result because the image tends to fix facts, characters and scenarios to which imagination had conferred a broader ontology. However, echoing works like Michael Taussig’s (2011) or the scholarly comic by Nick Sousanis (2015), Caminos Condenados manages to make of the image a vehicle for the reader to feel a little more there, visiting the same places and listening to the same stories that the researcher had the privilege of seeing and hearing. Therefore, the comic ends up being much more open to multiple interpretations than the text, giving the reader the ability to resonate with the book and the realities it describes in a way that is different from the experience provided by a purely textual product. In a couple of articles1 that were published immediately after Caminos Condenados’ launch, it was told that the scriptwriter and the illustrators also visited the region of Montes de Maria to create and adjust drawings, personally meet community leaders of the area, and to present the overall book sketch to montemarianos. It would have been extremely valuable and interesting if the epilogue–the only three pages of the book in text form–would have told us more about that experience and the influence it had on the final product.

caminos-condenados-3_p-57In the last part, the comic shows the development of a social cartography workshop where the researcher asks community leaders to draw a map of the future. He lies a sheet of paper on the table, makes available markers and crayons, designates a camera the task of recording the activity, and asks participants to imagine “how they would like the region to be in a few years” (55 ). But every longing about the future that becomes part of the map ends up being a yearning for the past previous to the land dispossession. Thus, past and future collapse into the present: the cartoon lines become less defined and dialogues more sparse as imagining the future ends up being an exercise of memory where remembering is not only painful, but often unmentionable. But finally words and lines recover their fluidity when hope and imagination manage to get a space on the map, when participants think of what once was and what has never been but could be: a health center, an electric network, a community university, a storage facility, native seeds. All these hopes and expectations depend on reopening the paths that violence, in times of war and peace, has condemned: those which enable rural communities to make autonomous decisions about their own territories and the lives that depend on them.

 

Referencias / References

Sousanis N (2015) Unflattening. Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press.

Taussig M (2011) I Swear I Saw This: Drawings in Fieldwork Notebooks, Namely My Own. Chicago: The University of Chicago Press.

 

[1] Ver artículo 1 y artículo 2 / See article 1 and article 2.